"...todos los días de mi vida..."

Hace unos cuantos años leí una frase de Chesterton que, en mi inconsciencia romántica de aquel entonces, no terminé de entender. Se la decía a la que iba a ser su mujer: “No me caso porque te quiera, sino que me caso para quererte”. No he dejado de ser una romántica pero sí me he vuelto un poco más consciente –creo- y hoy, dos semanas después de casarme con José, creo que entiendo a Chesterton mejor que nunca. El gran escritor inglés no quería decir, obviamente, que no amara a su mujer y que se casaba con ella a ver si eso le animaba a amarla un poquito. No. Me parece que apuntaba más hacia el hecho de que no te casas por un mero sentimiento; que si el amor es construir, el matrimonio es construir una catedral. Que la boda es una fiesta tan grande porque señala el comienzo de una aventura apasionante y apasionada. Que el matrimonio es algo que se celebra un día y que dura para toda la vida. O, mejor dicho, con las palabras de las promesas que nos intercambiamos José y yo el 20 de junio: “todos los días de mi vida”. Me gusta esa fórmula. No es un “siempre”, que suena rotundo pero algo impersonal, no. Es un “todos los días de mi vida”, todos y cada uno, de mi vida, de mi vida contigo. ¿Pero es posible realmente hacer algo así? ¿Es posible prometer que vas a estar ahí siempre con lo incierto que es el futuro y cuando ni siquiera sabes qué te vas a poner mañana o dónde trabajarás dentro de diez años? ¿Puedes prometer, con sinceridad, que dirás “sí” cada mañana al levantarte? Sí, se puede. No lo digo yo -con mi pequeña experiencia en esto de ser esposa-, lo dicen -con sus vidas- muchos matrimonios. Hoy mismo hemos hablado con un señor brasileño de 82 años que hace un año perdió a su mujer por un cáncer, después de más de 50 años casados. Se le humedecían los ojos y nos decía: “Yo la amaba tanto… No tenía que haber muerto ella primero, no tenía que haber sido así… Yo la amaba tanto…”. “El mundo está lleno de espíritus libres que te traen agua a la cama. Y se dejan quitar la manta al dormir. Y aman. Y siguen siendo libres”. Lo leí hace unos meses por internet y no he conseguido encontrar el autor. Pero me gusta la idea. La libertad. La libertad no es para guardarla en un cajón, a buen recaudo, por si se pierde… La libertad es para darla. La vida es para darla. Para entregarla en una misión que sea más grande que tu propia vida. Solo así puedes llenar tu vida de sentido. Qué pasada mirar cada día a José y poder decirle: eres mi sentido, eres mi camino, “mis cuatro paredes”-como decía Hannah Arendt a su marido-, eres mi hogar, eres mi puerta para el Cielo. No es un trayecto fácil, no creáis que no soy consciente. Pero miro a José y pienso que con Dios y con él puedo todo.